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El negocio que ha devuelto el mundo al siglo XVIII

Tras el paso de una guerra civil dura que arrancó de raíz cualquier mejora social o económica que a la que pudiese aspirar el país, Libia se convirtió en una de las regiones más pobres del norte de África. La desesperación de sus habitantes ha hecho que vean oportunidad de negocio en todo, incluidas las personas.

 

El negocio que ha devuelto el mundo al siglo XVIII

Si algo abunda en Libia son jóvenes del Africa negra buscando cruzar el estrecho hacia la tierra soñada, una Europa que probablemente les decepcionará nada más llegar. Ante el acopio de refugiados algunos de los mercaderes libios han visto en ello la típica ley económica de la oferta y la demanda. En ningún momento se cuestionaron a sí mismos ni fueron cuestionados por otros.

La venta de negros, con todo lo que esta frase conlleva de racismo, denigración y retroceso, estaba en marcha. Tan en marcha que nadie le puso freno pese a saberlo las más altas esferas occidentales, las mismas que se deshacen en discursos igualitarios. Nadie, ni un solo directivo puede decir que no lo supiera porque la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) presentó varios informes en los que constaban incluso testimonios de personas que fueron subastadas en mercadillos. Son informes que han pasado con total sigilo por despachos demasiado ocupados. No fue hasta el pasado 14 de noviembre que el mundo no empezó a buscar soluciones a un problema que creíamos haber erradicado. Fue un medio de comunicación americano, la CNN, y por eso debemos estar agradecidos a la labor de los periodistas, quien sacó a la luz el drama que se vive desde hace meses en la zona y que nadie ha sido capaz de sacar a la luz. 

El precio de estas personas, que asumen cargar con el hambre, la miseria, la crueldad en sus mochilas Europa, oscila entre 170 y 430 euros. Un precio que los conducirá en el mejor de los casos a una casa para trabajar. Aunque hay quienes son explotados en talleres ilegales, quien son comprados para el deleite sexual y para cualquier cosa que pueda pasar por el imaginario atroz. Son personas que primero luchan contra su realidad, después contra su fuerza corporal en sitios tan peligrosos como el desierto del Sahara; donde se está denunciando la muerte de igual o más gente que en el Mediterráneo. La muerte como consecuencia del hambre, la sed o los ataques de milicianos terroristas, ladrones y señores de la guerra. Todo para llegar al Mediterráneo, donde saben que podrían perder la vida como otros que lanzaron al aire la misma moneda. Cuando ya están en la etapa final, mercenarios libios los secuestran para venderlos. La venta está organizada por categorías, los más caros, si es que se puede hablar de personas con estos términos, son los que gozan de buena salud y saben desarrollar algún tipo de oficio básico como el de albañil. Lo más triste de toda la historia, es que los que venden han probado la dureza la migración en carne propia: ghaneses y nigerianos. Las compras están a cargo de los nativos libios.

El informe de la OIM sobre el mercado de esclavos que pone en peligro los migrantes en el norte de África, publicado en abril, narra varias historias de migrantes esclavizados en la zona libia. Entre ellos, está el de una mujer, como todas las víctimas que aún se encuentran en cautiverio se intenta proteger su identidad. Su historia es la de un cautiverio que duraba en el momento del informe cerca de tres meses. De la historia de esta joven mamá, quien ha sufrido torturas y abusos sexuales, solamente se sabe que se encuentra en lo que ella describe como un almacén cerca del puerto de Misrata. Su rapto fue a manos de unos hombres somalís. Sus secuestradores llamaron varias veces a su marido y a su hijo, que viven en el Reino Unido, exigiendo un rescate de 7,500 dólares. Su esposo saldó la deuda a través de familiares y miembros de la comunidad de Somalia. Recientemente, se les volvió a contactar para un segundo pago con la misma cantidad.

Se encuentran atrapadas en Libia 400.000 personas, esperando que alguna de las mafias que mueve las pateras los lance al Mediterráneo. De cada embarcación desaparecen personas antes de zarpar, son personas que viajaran por toda Libia siendo subastados y que seguramente nadie reclamará creyendo que se han ahogado. 

El gobierno libio no toma cartas en el asunto porque no hay un gobierno estable y los distintos frentes que se disputan el país dan ventaja con su conflicto a los contrabandistas. La ONU opera desde la distancia y las oenegés que actúan en el territorio no son capaces de realizar intervenciones eficacias a causa de la inestable seguridad. Hasta el momento, todo lo que se ha hecho desde el exterior es recitar discursos emotivos que no guardan ningún tipo de solución consistente.

Durante la primera semana del diciembre pasado se celebró un consejo de seguridad de la ONU, el primero para tratar este tema. En él se ha hablado de humanizar las políticas. No basta con taponar las salidas y poner difícil cruzar las fronteras. Hay que dar a los migrantes un trato humanitario y sancionar las personas que tengan relación con el tráfico de personas. Por lo tanto, las principales actuaciones a partir de ahora serán proteger a los migrantes y actuar contra las redes de trata. 

La revelación de Libia, finalmente, ha servido, además de para echarse la culpa mutuamente líderes europeos y africanos, para establecer medidas que pongan solución a esta crisis que ha devuelto al mundo dos siglos atrás.

 

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