INTERNACIONAL

Los hombres buenos

Podríamos llenar páginas hablando sobre temas sociales negativos como lo son el patriarcado, el machismo, la violencia de género, la desigualdad o el abuso de poder. Podríamos dedicar años a hablar de los hombres y mujeres a quien el patriarcado ha arrebatado una vida feliz. Sin embargo, queremos dedicar estas páginas a los hombres que mientras los focos iluminaban las desgracias, ellos estaban cambiando el mundo.

 

Los hombres buenos
hombres buenos
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James Kiriba Ndung’u (Kenia)

Al amanecer, Ndung’u se ducha con un cubo de agua templada. Hace frío en Central Kenia, tierra de kikuyus. En la radio local suena Gospel en swahili, y la melodía se mezcla con el cantar de los gallos y los gritos de los niños de la aldea que corren hacia el colegio. Después se sienta a desayunar con su mujer, Mary. Comparten té y rebanadas de pan de molde untadas con mantequilla, unas encima de otras, formando una torre. 

De pronto, una mujer se asoma por la puerta.

-Hodi? -dice en voz alta, pidiendo permiso para pasar en swahili. 

-Karibu -contesta Mary, invitándola a entrar con la mano. 

La mujer se sienta a la mesa y rompe a llorar. Ndung’u se levanta rápidamente y le sirve un té caliente. La mujer bebe entre sollozos. Cuenta que han echado a su hijo de la aldea, porque cada vez que sale de la casa sufre ataques epilépticos y los vecinos están convencidos de que le ha poseído el demonio. Ndung’u lleva décadas trabajando como enfermero psiquiátrico en la zona y sabe bien lo difícil que es el acceso a los programas de salud mental, especialmente en las zonas rurales. 

Ndung’u, sin ningún atisbo de duda, abrió las puertas de su casa al hijo de esta mujer para que pudiera quedarse en observación y decidir si era necesario llevarle al hospital de Nairobi. Mientras tanto, su madre, pudo encargarse de ayudar a Mary a cocinar para las más de cincuenta personas que acudían a diario a tomar té y un poco de ugali. Y es que la casa de Mary y Ndung’u no era sólo su hogar; era también un centro de acogida, clínica y refugio, para todos aquellos que necesitaran cuidados.

La gran mayoría de los habitantes del area de Murang’a no consideran la enfermedad mental como tal, la entienden como fruto de una maldición o de brujería, explica Ndung’u. Hay muchos curanderos beneficiándose de la supuesta dimensión espiritual de estos trastornos, y se aprovechan de los pacientes y sus familias prometiéndoles una cura a cambio de sus oraciones o hechizos, aclara. 

El negocio se ha extendido a un ritmo vertiginoso en los últimos años, sirviéndose del uso del teléfono móvil e internet. Muchos curanderos piden un pago mediante M-pesa, que permite transferir dinero desde los móviles a través de mensajes sms, a cambio de oraciones milagrosas. Cuando todo falla, y el paciente sigue sufriendo, los curanderos se excusan diciendo que quizá los pecados cometidos por esta persona son demasiado graves para encontrar curación en vida. Esto provoca que la familia se esconda, se avergüence, y no considere pedir ayuda en las clínicas locales. 

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) hay 1.7 profesionales de la salud por 100.000 habitantes. En el caso de Kenia esto se traduce a 54 psiquiatras, 418 enfermeros psiquiátricos y 10 trabajadores sociales clínicos para una población de 43 millones de personas de las cuales el 4% sufre de alguna enfermedad mental grave.

Por eso, Ndung’u lleva más de veinte años recorriendo las aldeas de Murang’a, la mayoría de las veces a pie, visitando a pacientes con epilepsia, depresión o esquizofrenia. Trata de que sus familias entiendan las causas médicas y científicas de estas afecciones, y de que los líderes religiosos y los vecinos se involucren en campañas de concienciación. También compra medicinas, si los pacientes no se las pueden permitir, con su propio sueldo. Pronto identificó que la falta de medicación y atención médica no suponían el problema más grave. Empezó a investigar sobre las consecuencias sociales de la enfermedad mental, el impacto en la vida laboral, el estigma que suponía en la sociedad. Por eso aprovechó su casa y creó una pequeña granja en la que los familiares de los pacientes que trataba, o los mismos pacientes, pudiesen trabajar. Abrió las puertas de su hogar para acoger a pacientes con crisis puntuales cuyos familiares no sabían cómo tratar. Poco a poco se encargó de cuidar y ayudar a más de doscientos pacientes psiquiátricos en su zona. Aquellos cuya salud se lo permitía trabajaban en el campo; vendiendo los productos que recolectaban o la leche que daban las vacas. También empezaron a hacer galletas hechas a base de productos locales. 

Ndung’u se convirtió así en motor de  esperanza para cientos de familias cuya solución hasta entonces había sido el aislamiento social. Ahora que se ha jubilado y no trabaja como enfermero en el centro de salud público de Makuyu, dedica todo su tiempo a seguir luchando por los derechos de los pacientes psiquiátricos. Ndung’u no está en las redes sociales, nadie sabe de su trabajo fuera de los poblados en los que se mueve, no tiene whatsapp, no busca más reconocimiento que el de su mujer y sus hijos, que le miran alejarse cada mañana con una bolsa cargada de medicinas y pan. 

Si preguntáis por él en las calles de Sabasaba, donde reside, escuchareis a la gente referirse a él como “el hombre bueno”.


Abdul Sattar Edhi (Paquistán, 28/2/1928 – 8/7/2016)

Cuando las instituciones gubernamentales de un país fallan en garantizar las estructuras sociales y económicas necesarias, es fácil dejarse llevar por el desánimo. Es inevitable convencerse de que si los que están en el poder no pueden mejorar la vida de los ciudadanos, definitivamente el cambio a nivel individual es misión imposible. Sin embargo, Abdul Sattar Edhi ha demostrado que el poder de cambio supera al desánimo. No a través de discursos, de tratados intelectuales o teorías. Edhi es un ejemplo de cómo es posible trabajar por y para la gente en Paquistán. 

Hace sesenta años fundó un servicio de emergencias que se ha convertido en una de las estructuras más extensas del mundo. Motivado por la idea de ayudar a las comunidades más pobres, Edhi decidió dedicar su vida a trabajar por el desarrollo y la innovación en su país. Toda familia paquistaní conoce, ya sea personalmente o de oídas, alguna historia sobre el hombre que dio su vida para mejorar los servicios públicos de su tierra. Se le describe como un hombre que ha alumbrado la esperanza no sólo de Paquistán, sino del mundo entero. 

Zeinul K., de veintiséis años y nacido en Karachi, cuenta cómo un día vio en la televisión local una historia que le marcó profundamente: una familia de una aldea alejada de la capital fue a pasar el día a la ciudad, con la madre del marido. Ella era una anciana de unos setenta años a la que empezaba a afectar el alzheimer. Después de comer juntos, toda la familia desapareció, dejando a la mujer sola en el centro comercial. Los guardias, antes de cerrar, trataron de localizar a su familia. La mujer no recordaba de dónde venía, solo lloraba asustada. Llamaron a uno de los centros que Edhi había creado con el propósito de acoger personas ancianas. Si estos centros no existieran, si Edhi no hubiese creado esa estructura humanitaria, la mujer hubiera sido llevada a la policía, y posiblemente de ahí a la calle. El abandono de ancianos y de niños es desgraciadamente común en este país, por ello es necesaria la existencia de instituciones que garanticen refugio y cuidados. 

Esta historia hizo que Zeinul, enfermero de profesión, empezara un programa de voluntariado en uno de los hospitales de Edhi. Él también aprovecha toda ocasión para contar la historia del hombre que sirve de inspiración a miles de jóvenes, y es que Edhi comenzó su proyecto pidiendo dinero en una calle de Karachi para comprar una furgoneta y convertirla en ambulancia. Un humilde principio para un proyecto que ha salvado ya miles de vidas. 

Poco a poco su organización fue creciendo: fundaron orfanatos, casas de salud mental, centros de rehabilitación para drogodependientes, refugios para mujeres maltratadas, centros de acogida para ancianos y pequeñas clínicas con servicio de ambulancia completamente gratuito. 

Su compasión no distinguía religiones, clases, género o ideología política. Siempre se negó a dirigir la ayuda a selectas comunidades, esgrimiendo que “la labor humanitaria pierde su significado cuando se discrimina entre los necesitados”. 

Su vida se centró en tratar de conseguir fondos para abrir centros en diferentes ciudades de su país. Cuando abrió su primera clínica fue él mismo quien dormía en un banco, en la puerta, para estar disponible si alguien le necesitaba. También viajó por Europa, pidiendo dinero en las calles con la intención de volver a su Paquistán y servir a su gente. Su labor no fue fácil. Fue blanco de amenazas por ofrecer servicios públicos de forma gratuita. Pero Edhi no se detuvo, no sólo cuidó de los ciudadanos de Paquistán en vida, también se encargó de garantizar que la muerte fuese digna, pagando el entierro de aquellos que no podían permitírselo. Edhi fue candidato al premio Nobel de la Paz en diferentes ocasiones. Pese a ello, su nombre sigue sin ser ampliamente conocido más allá de las fronteras de su país. 

Murió en el año 2016, dejando a una familia y a cientos de personas continuando su labor. Porque hoy en día, si alguien llama a una ambulancia en Islamabad, probablemente sea de Edhi. 

Nos queda la bondad


Hay lugares en el mundo que sufren de inestabilidad política, corrupción y pobreza. Allí, la esperanza reside en personas como Edhi, como Ndung’u, como todos los jóvenes voluntarios que cuidan del cuerpo y del alma de los desconocidos. Por esta razón es importante que hablemos de ellos, que reconozcamos la fuerza de la compasión y la empatía. Es necesario que por cada noticia negativa publiquemos dos positivas, que por cada historia sobre terroristas o asesinos, contemos historias de gente que cambia el mundo con sus manos, con su intelecto, con su corazón. Porque son realidades que existen aunque no vendan tanto, aunque no interesen tanto. El mundo está lleno de buenas personas y es nuestra responsabilidad darles la importancia que se merecen. Trabajemos para que las narrativas de paz sean más potentes que las de violencia. Hablemos más de gente como Edhi, y menos de radicales extremistas. Que en Europa se consideren a los inmigrantes como potenciales Edhis o Ndungus, y no como criminales en potencia. La maldad, por suerte, no es mayoritaria. El problema es que lo bueno no hace tanto ruido.

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