INTERNACIONAL

El ruido de la infancia que no hace ruido

“Antes de poder mantenerme sentado  Ya sabía calcular la velocidad del viento  La intensidad de los sonidos y de la luz  Las medidas en pulgadas  En pies  En metros  En kilómetros  En gramos, en libras  En nudos marinos.”  

(Suzanne Lebeau)

El ruido de la infancia que no hace ruido
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El pasado día 20 de Noviembre celebramos el Día Universal del Niño tratando de asimilar lo lejos que estamos aún de lograr garantizar la protección de la infancia. Los datos hablan por sí solos; y es que según UNICEF cerca de 385 millones de niños viven en situación de extrema pobreza. Una cifra escandalosa que hemos de personalizar; que debemos nombrar para dotar de significado a esos números.

Pienso, por ejemplo, en las niñas de Makuyu, en Kenia, que no llegaban a los diez años y cargaban a sus espaldas a sus hermanos pequeños en vez de ir al colegio. Pensaba en Kamau, de siete años, que mendigaba por las calles de Nairobi y se entretenía con el volar de una mosca o con las botellas rodando en el asfalto o con los perros callejeros. Aquel niño tenía vocación de feliz. Aquel niño tenía vocación de niño, pero no contaba con los medios para serlo. Sus derechos y necesidades yacían en algún rincón olvidado de la conciencia global.

Recuerdo a Aisha, de once años, en la frontera de Kenia con Somalia. Acababa de subir a una ambulancia que la llevaría a la capital de Kenia. Alguien le preguntó: ¿qué quieres ser de mayor? –Niña –dijo ella con toda la inocencia del mundo. Sin saber que su respuesta hizo tambalear a más de un adulto acostumbrado a lidiar con escenarios crudos. Aisha quería ser niña para jugar, para hacer ruido, para preguntar y encontrar respuestas, para encontrar refugio en los brazos de sus padres. Aisha quería ser niña y no tener miedo.

Nos sorprende y nos aterra a partes iguales que los niños, en pleno siglo XXI, puedan seguir estando expuestos al desamparo. Alrededor de 18.000 menores mueren al día en todo el mundo por causas que podrían haberse evitado. 57 millones no tienen acceso a la educación. Casi 223 millones son víctimas de abusos sexuales. Las ayudas están ahí: miles de ONG e instituciones de todo el mundo luchan para abolir la situación de inseguridad en la que viven estos niños, sin embargo mientras la pobreza siga siendo un negocio en los países en desarrollo, mientras la corrupción esté establecida como un cáncer intratable y mientras las relaciones de poder sigan desiguales, la lucha contra el desamparo infantil no tendrá un impacto en la estructura global.

La solución, en mi opinión, reside en la educación, que no debería ser un privilegio. Los niños son el futuro; si educamos niños en el respeto, en la igualdad, en la paz, tendremos adultos felices. Y un adulto feliz es un adulto bueno. No apartemos los ojos mientras lo logramos, no asumamos que no hay nada que podamos solucionar: hagamos, por ejemplo, todo el ruido que estos niños no pueden hacer.

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