Una historia de esperanza en Nairobi

Matrimonios forzados

Halima recorre Eastleigh, la barriada somalí de Nairobi conocida como “la pequeña Mogadiscio”, camino de una de las escuelas en las que sus chicas aprenden a leer y a escribir...

Matrimonios forzados

Va cubierta con un niqab y sus ojos llaman la atención por lo rápido que se mueven; como queriendo captar cada detalle de lo que sucede a su alrededor.

Pasa desapercibida entre la multitud; su historia se diluye entre el barro y el ruido. De pronto tropieza con una motocicleta mal aparcada, pero recupera el equilibrio de inmediato; por unos segundos olvido que estoy caminando al lado de una mujer que ha sobrevivido a mil vidas y trato de servirle de apoyo. Halima ignora mi gesto y grita al dueño de la moto un “toka hapa wewe!”, que en swahili significa: “¡Tú, fuera de aquí!”.  Algunos hombres ríen incómodos, y el chiquillo desaparece de inmediato. 

Halima tiene entonces veintiséis años. A los doce su familia la casó con un muyahidín; un miembro del grupo terrorista del este de África ligado a Al-Qaeda conocido como Al-Shabaab. Estuvo diez años viviendo en Somalia y tuvo tres hijos, de los cuales sólo dos sobrevivieron. –Cada vez que veníamos a Nairobi mi trabajo consistía en buscar familias refugiadas que quisieran casar a sus hijas –me  explicó mientras caminábamos. –Ahora la estrategia es la misma; lo que ha cambiado es el objetivo; trato de proteger a aquellas niñas que considero vulnerables de ser víctimas del matrimonio forzado. 

Después de décadas de guerra, el colapso de la economía y la pobreza creciente, el porcentaje de niñas que acuden al colegio en Somalia es mucho menor que el de los niños; UNICEF estimó que aproximadamente un 80% de las mujeres somalíes no sabían leer o escribir en el país en 2010.  

Las familias con dificultades económicas prefieren invertir en sus hijos, asumiendo que estos tendrán más posibilidades de salir de la pobreza. Casar a las menores de edad es también una forma de negocio: las familias reciben dinero por las niñas y se reducen los gastos de manutención en el hogar. 

 

En el colegio, Halima me condujo hacia una de las clases en la que estudiaban tres chicas rescatadas de matrimonios forzados; ya perfectamente adaptadas a su nueva vida y dispuestas a comerse el mundo. Una de ellas quería estudiar Medicina mientras que las otras dos preferían la Ingeniería Informática. Las tres vivían en el “hogar seguro” que había fundado Halima. –Fui rescatada durante un ataque militar al pueblo donde vivíamos –me explicó. –Soy muy afortunada de haber podido rehacer mi vida, siento que mi deber es compartir esa suerte. 

El proyecto se trata de una cadena de personas ayudándose unas a otras; mujeres, en este caso, facilitando un futuro digno y libre a unas niñas que no lo han tenido fácil. La situación en Somalia es dura para ambos géneros, pero las mujeres tienen el triple de dificultades para acceder a la protección del Estado: son vulnerables frente a las leyes tradicionales que a pesar de ser ilegales siguen imperando en una inmensa mayoría, y son vulnerables frente a un sistema judicial que carece de credibilidad.

“Here, Rape is Normal”, que en castellano significa “Aquí la violación es normal”, es un informe publicado por Human Rights Watch en 2014. Consta de un plan de cinco pasos para reducir la violencia sexual y establece que esta “está generalizada en Somalia; dos décadas de guerra civil y colapso del Estado han provocado un gran número de desplazados vulnerables de sufrir  violencia sexual. Al mismo tiempo se han destruido instituciones cuya labor consistía en proteger a aquellos que se encuentran en peligro”. El conflicto de Somalia afecta también a Kenia, y es que el país vecino acoge miles de refugiados somalíes. Según ACNUR, más de medio millón de refugiados de origen somalí han sido reubicados en Kenia desde que la guerra comenzará en Somalia (UNHCR, 2012).

La violencia sexual en tiempos de guerra ha sido utilizada durante siglos como un método más de humillación y de conquista del enemigo. El miedo es una de las armas que más debilita y degrada, haciendo más fácil la manipulación de las personas. Un 90% de las mujeres somalíes refugiadas en Kenia han sido víctimas de violencia sexual, desde matrimonios forzados hasta violaciones. Las víctimas de violación o abusos sexuales suelen permanecer en silencio, ya que en la cultura somalí este tipo de crímenes son tabú y las mujeres consideran que el silencio preservará su honor. 

-Una de las últimas niñas que rescatamos se niega a hablar –cuenta Halima. -Se orina encima y cuando intentamos cambiarle las ropas o lavarla entra en pánico. Cuando llevamos a la niña a la consulta de una ginecóloga en Nairobi, en presencia de una psicóloga y una trabajadora social; no hubo manera de subirla en la camilla. Gritaba de tal forma que acabamos todas llorando, la ginecóloga incluida. 

El trabajo de Halima consiste en recomponer la confianza rota de jóvenes que han sido vendidas por su familia. -Cuando una madre vende a sus hijos les está despojando de toda seguridad en el mundo, en las personas, en el hogar –me  explica con los ojos empañados de lágrimas. Halima fue rescatada, pero sus hijos se quedaron atrás y no pudieron encontrarlos. -Ahora soy feliz, pero no estoy en paz –afirma.  –Mis dos hijos, si han sobrevivido, están creciendo entre hienas. Serán educados para matar, para violar, y para vivir una vida miserable. Mis hijos. Mis propios hijos. 

Por eso, el siguiente proyecto de Halima consiste en abrir un “hogar seguro” para niños. Y es que estos son vulnerables de ser reclutados por grupos terroristas, especialmente entre la población de refugiados. ¿Los motivos? Muchas veces se les convence con la promesa de tener un futuro brillante: dinero, mujeres y la seguridad de que su familia estará protegida. Se imaginan con un arma y con poder, en eso consiste el éxito. Sus propias familias lo saben y aceptan su decisión. En otros casos los niños se escapan de casa. En Mandera, provincia en la frontera de Kenia con Somalia, las familias tienen una media de entre siete y diez hijos; en la mayoría de los casos se enfrentan a la imposibilidad de asegurar que estos tengan las necesidades básicas cubiertas. Al-Shabaab ofrece en la zona unos 200-300 dólares por soldado reclutado, lo que supone para muchos de ellos una gran oportunidad. 

Halima no puede hacerse responsable de la educación de sus hijos, pero tiene la habilidad de cambiar el futuro de muchos jóvenes.  Y es que ella sabe que no servirá de nada empoderar a las mujeres en un mundo de hombres débiles. Ambos hemos de tener las mismas oportunidades, la misma educación en la igualdad, y sobre todo tener muy claro que estamos juntos en la lucha contra la injusticia, la pobreza, la ignorancia y la violencia. Para ello necesitamos empezar a educar generaciones que cambien el actual sistema de poder, deshumanizado y obsoleto. Los niños no deben ser educados en el miedo, no pueden crecer acostumbrados a la desigualdad, y por eso los adultos tenemos que dejar de tratar de explicar o dotar de sentido a las guerras. 

Sobre todo, los políticos y las instituciones deben dejar de usar el temor como mecanismo para mantener el poder. Las leyes han de modificarse en beneficio de los niños, garantizado la igualdad de derechos y de oportunidades.

Debemos sustituir la cultura de violencia por una cultura de paz, empezando por redefinir las bases sociales y culturales de qué comportamientos han de ser desterrados, empezando por dejar de considerar la violencia como método de resolución de conflictos.

Debemos eliminar toda impunidad contra aquellos que violan los derechos humanos, acabando con la cultura del silencio. Debemos educar hombres y mujeres poniendo a su disposición las herramientas necesarias para discernir y tomar decisiones responsables. Y por último, debemos empezar por diferenciar entre medidas efectivas para alcanzar la paz de las que son un mero truco político. El cambio integral en estas sociedades, como bien sabe Halima, se alcanzará educando en la paz, creando adultos responsables  capaces de ejercer su poder con diligencia y máximo respeto por los derechos humanos universales. 









 

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